Cada ser humano tiene sus manías. Unas están mejor vistas por los demás, otras están peor vistas… pero la que nunca se conoce si no convives con un escritor en plena época de actividad literaria, es la de ver como llena incesantemente los cajones de su escritorio de manuscritos. Esta manera de actuar se debe a la sensata consideración de que sus obras, tras ser laboriosamente paridas, deben reposar un tiempo en ese lugar, antes de que sus manos las retomen para esculpirlas como fieles artesanos. Cuando llega el momento, en el que el escritor debe darle forma una a una a sus palabras para darle un sentido a su creación, a veces paralelamente también a su vida; recuperando a menudo la ilusión de la primera vez, cuando la historia sólo formaban parte de una vaga idea enmarañada en su mente. En esa fase de esculpir el material en bruto, hasta que la obra tenga un esplendor mínimo para que el escritor acepte el reto de que el mundo la lea, a veces transcurre demasiado tiempo, ya no días o meses, sino incluso años. Hay incluso escritores (consagrados y noveles) que no terminan nunca el proceso de corrección o en el peor de los casos, hay quienes se extralimitan tanto en este decisivo proceso, que la maravillosa obra les desaparece entre las manos como arena del desierto. Pero casi peor que no terminar nunca la corrección de un manuscrito, es el no decidirse nunca a dar a conocer sus escritos; craso error de un artista quizás demasiado ambicioso o quizás demasiado necio para darse cuenta de que la última palabra la tiene el lector y no él, y, que si no permite que alguien vea su obra, nunca sabrá la respuesta que los lectores le hubiesen dado y podría considerar que ha perdido un precioso tiempo de su vida.
En mi opinión, todo escritor,independientemente de que sea novel o consagrado, debe tener un grupo de lectores de confianza en que delegar la comprometida tarea de la lectura crítica y comprensiva de sus obras (familia, amigos, etc…) con la única condición de que sean siempre sinceros con él y con el material que leen, porque lo malo siempre se puede mejorar y lo bueno convertirse en maravilloso, ya que, si no hay lector tampoco hay escritor, por lo tanto, ambos deben concederse oportunidades el uno al otro para que el panorama literario siga existiendo paralelamente a la propia vida real.

El escritor debe aspirar a vaciar los cajones de su escritorio para que otras nuevas historias puedan ocuparlos durante un tiempo prudencial, nunca deben enterrarse para siempre los folios llenos de palabras que podrían hacer soñar a los lectores, sino que debe contribuirse a que la cultura siga respirando por el pulmón literario y por tanto siga siendo un ser vivo del que todos disfrutamos alguna vez en nuestra vida.

Un llamamiento que me gustaría lanzar a los familiares de autores que desgraciadamente ya han fallecido, les animo a que miren en esos cajones en los que todavía no ha entrado la luz y que rescaten lo que éste dejó en ellos, porque los hijos póstumos también tienen derecho a la vida así como a la libertad, por ello, libérenlos de su encierro y hagan felices con las últimas palabras de su creador a los lectores que siempre estuvieron a su lado incondicionalmente, así como a los nuevos que llegan cuando el progenitor de la historia ya no está.